sábado, 27 de febrero de 2021

Descartes y la brujería en la Europa del siglo XVII.

La historia de la Brujería europea está ligada a una cuestión esencial, y que aparece reflejada en el pensamiento de Descartes, la de cómo fijar los límites entre la realidad exterior y el mundo de representaciones y deseos humanos. Según Caro Baroja ("Las brujas", 1988), en Grecia y Roma la práctica de la magia con fines benéficos era consideraba como lícita y aun necesaria (a la vez que se consideraba ilegítima la que tuviera intención dañina). Con el Cristianismo, los antiguos dioses se vieron asimilados a los demonios, identificando a los paganos o gentiles a las personas dadas a las artes mágicas y maléficas. Hay en el código de las hechiceras siempre como una inversión de los valores y símbolos del Cristianismo. Durante la primera parte de la Edad Media, esas artes se cuestionaban como ensueños no reales desde la teología, pero si las autoridades eclesiásticas tenían una actitud más dubitativa y pragmática, las leyes civiles eran por lo general más severas; una severidad que dependía de creer en la realidad de tales prácticas o en creer que eran fruto de una imaginación quizás alterada por el demonio (una figura familiar y de presencia real y continua en la vida del mundo). Fue en el siglo XIII cuando se terminó con esa situación ambigua según la cual los actos de hechiceras y hechiceros podían ser actos puramente ilusorios, aunque de origen diabólico. En la Europa cristiana de los siglos XIV al XVII se persiguieron estas prácticas "como en pocas partes se ha perseguido antes y después", afectando especialmente a las mujeres (de las que la Celestina de Fernando de Rojas podría ser un arquetipo literario).

    Fue en la época de Descartes, durante el Barroco, cuando sobrevino la gran crisis de la brujería. Por un lado, aumentan las voces que niegan la realidad de los actos de brujería; de otro, la brujería se deriva con frecuencia a formas distintas y se complica con los estados de posesión demoníaca. Fue precisamente un jesuita alemán, Spee (1591-1635) quien convirtió en tema de controversia pública, y no de informes secretos, los argumentos contra los abusos en los juicios sobre brujería (las falsas denuncias y testificaciones, las ordalías...). Según Caro Baroja, a pesar de la actitud escéptica que adoptarían frente a este tema los defensores de la ciencia moderna y el «método científico» (su concepción racionalista y materialista de los espíritus, adivinaciones o hechizos), fue adoptando una postura humanística (especialmente reflejada en literatos y artistas, como en el caso de Goya), no científica, como se llegó a destruir esta persecución sobre la brujería. No obstante, algunos de esos filósofos y científicos realizarían experiencias para demostrar la irrealidad de la Brujería utilizando métodos experimentales (entre ellos, Gassendi y Malebranche, dos pensadores franceses próximos a Descartes). Fue un discípulo entusiasta de Descartes, el teólogo holandés Baltasar Bekker (1634-1698) el que hizo una condena más firme de la persecución de la brujería, considerándola como un conjunto de patrañas y crímenes judiciales. Atreverse a cuestionar en pleno siglo XVII, aunque fuera en Holanda, que el diablo intervenía en la vida de los hombres era empresa pelibrosa, y Bekker fue privado de su cargo y vio su obra condenada. Además, estas ideas no ejercerían todavía influencia en los administradores civiles de justicia, que hasta el siglo XVIII siguieron condenando, especialmente en los países protestantes, a brujos y brujas.

viernes, 26 de febrero de 2021

Descartes. Unidad didáctica: "El genio maligno del señor Descartes".

La interesante editorial Errata Naturae creó la colección Los Pequeños Platones, sobre algunos textos de la historia de la filosofía, destinados a  jóvenes lectores. Algunos de los títulos de esta colección están disponibles en la biblioteca de nuestro Instituto. La misma editorial ha publicado también guías didácticas para el profesorado, que permiten acompañar a las lecturas del alumnado.

A continuación os dejo la unidad didáctica elaborada por Errata Naturae para acompañar al libro "El genio maligno del señor Descartes" de la anterior colección (y que facilita en acceso abierto). En ella se incluyen un esquema de contenidos, actividades y pasatiempos:

 https://erratanaturae.com/nouveau/wp-content/uploads/2020/04/Unidad-Dida%CC%81ctica-Descartes.pdf

     "Supondré que hay, pues, no un verdadero Dios, que es la soberana fuente de verdad, sino un cierto genio malvado, no menos astuto y engañador que poderoso, que ha empleado toda su industria en engañarme. Pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y todas las cosas exteriores que vemos no son más que ilusiones y engaños, de los que se sirve para sorprender mi credulidad. Me consideraré a mí mismo como carente de manos, de ojos, de carne, de sangre, como carente de sentidos, pero creyendo falsamente tener todas estas cosas. Permaneceré obstinadamente ligado a este pensamiento; y si, de este modo, no está en mi poder alcanzar el conocimiento de verdad alguna, al menos estará en mi poder suspender el juicio. Por ello, evitaré cuidadosamente admitir en mi creencia ninguna falsedad, y prepararé tan bien a mi mente para todas las astucias de ese gran engañador que, por poderoso y astuto que sea, jamás podrá imponerme nada".
                R. Descartes, Meditaciones Metafísicas, Meditación primera.
     Respecto a esta "hipótesis del genio maligno" que Descartes introduce en sus Meditaciones Metafísicas, el profesor Francisco T. Baciero (2007) sostiene que los pasajes cartesianos sobre la naturaleza y el origen del error “muestran claramente no sólo un conocimiento detallado, sino la apropiación por Descartes de los argumentos contenidos en la Disputación Metafísica 9 de Suárez a la altura de 1641”. Estos argumentos seguirán siendo utilizados por Descartes en obras posteriores (en los Principia Philosophiae de 1644, por ejemplo), pero no aparecían en el Discurso del método (1637), en el que no aparecía el postulado de un Dios o un «genio maligno» como fuentes posibles del error, siéndolo en su lugar los sentidos, el uso inadecuado de la razón, y la imposibilidad de distinguir entre la vigilia y el sueño. 

    Baciero sostiene que “Descartes estudió precisamente las Disputaciones Metafísicas de Suárez después de haber redactado el Discurso del método, y en concreto, en 1640, a raíz de la controversia con el padre Bourdin”. La causa de este renovado interés de Descartes por la metafísica sería el de “hacer filosófica y teológicamente aceptables en el ambiente filosófico dominante, su nueva física antiaristotélica, especialmente después de la pública ridiculización a que había sido sometida por el padre Bourdin”. 
    Por ello, Baciero mantiene que “lo realmente «nuevo» en la metafísica de Descartes (la primacía absoluta del yo, del que «surge», por así decir, el resto de la realidad, la matematización del conocimiento y de la realidad) está recubierto, o expuesto, a través de un enorme repertorio metafísico-conceptual y terminológico tomado directamente de la tradición escolástica (que le proporcionó además alguna de sus ideas claves: la doctrina sobre el origen del error, por ejemplo, seguramente también el supuesto de la «unidad de la ciencia»). Semejante repertorio de ideas y conceptos lo habría recibido Descartes, en parte de la tradición agustiniana («Deum et animam scire cupio»), a través de la escuela del Oratorio dirigida por el cardenal de Bérulle (no olvidemos que Descartes fue dirigido espiritual suyo al menos durante dos años, y que mantuvo durante el resto de su vida una estrecha relación con la orden), en parte, y sobre todo, a través de la tradición escolástico-jesuítica y, más concretamente, Suárez (el estoicismo renacentista y Montaigne, y su influencia en la moral —provisional— cartesiana quedan aquí fuera de cuestión), dos tradiciones de las que, en virtud de su posición dominante y de su propia formación, Descartes ni podía ni quería prescindir”. Fuente: Francisco T. Baciero Ruiz, “El genio maligno de Suárez: Suárez y Descartes”, PENSAMIENTO, vol. 63 (2007), núm. 236, pp. 303-320.
    Fco. Vidal Peña, en su Introducción a las Meditaciones Metafísicas (Alfaguara, 1977), considera, en cambio, que "el tema del genio maligno pone en tela de juicio la conciencia racional misma, y no es un mero artificio retórico... Ya no es el mismo "Dios" el que se recupera cuando la hipótesis del genio maligno queda destruida; ya no es la misma confianza en la racionalidad que antes. La ficción ha impuesto su forma al problema y la realidad, después, ya no puede ser la misma; no hay ya lugar para el tranquilo orden establecido por ese pensamiento escolástico". 
    Según Vidal Peña, el Dios cartesiano garantiza el conocimiento de la verdad porque está pensado a imagen y semejanza de nuestra conciencia lógica, como expresión del orden racional. Es, como le reprochaba Pascal, un Dios filosófico más que religioso, cristalización de ciertos problemas filosóficos (como el orden racional del mundo, y las condiciones y límites del conocimiento racional).



Introducción al "Discurso del Método"

    En la introducción a la edición de Alfaguara del "Discurso del Método", Guillermo Quintás señala que Descartes "prefirió sugerir más que exponer con detalle su propuesta", por lo que no debemos formarnos opiniones definitivas en torno a la filosofía cartesiana fundándonos exclusivamente en esta obra. En su Discurso, Descartes expone "la expresión cronológica de una búsqueda en la que su protagonista abandona el cómodo, presuntuoso y poderoso saber de los doctos e incluso el vivir de acuerdo con las opiniones recibidas, para instalarse en las propias y, en ocasiones, provisionales razones". Esta autobiografía intelectual no deseaba dar a conocer sus teorías bajo la forma de una exposición dogmática, sino que propone algo que podría ser imitado por un amplio público que comparte sus intereses. 

    Descartes plantea en su Discurso un "boceto o resumen" de temas que recibirían su forma y perfiles definitivos en las Meditaciones Metafísicas. "Es claro que su discurso abrigaba como pretensión fundamental la de atraer la atención de sus contemporáneos sobre la nueva filosofía; por ello, Descartes no debía silenciar cuanto concernía a los fundamentos de esta nueva filosofía". "Descartes desea destacar en las páginas de la cuarta (del Discurso) parte que los partidarios de la nueva filosofía debían estar dispuestos a reorientar la metafísica", alejándola de la alianza de Aristóteles con la Biblia (aunque Descartes pretendía permanecer alejado de la teología y de cualquier debate). Descartes incluyó esta cuarta parte en los momentos finales de su publicación, lo que aduce para justificar "la escasa elaboración de esta parte". 

    En la Meditaciones Metafísicas, que publica en 1641, cuatro años después de su Discurso del Método, Descartes desarrolla muchas ideas apenas esbozadas anteriormente (con respuestas a las objeciones que previamente le habían planteado). Así, en la primera meditación, expone las razones "por las cuales podemos dudar en general de todas las cosas, y en particular de las cosas materiales". Y ello "por cuanto nos libera de toda suerte de prejuicios, y nos prepara un camino muy fácil para acostumbrar nuestro espíritu a separarse de los sentidos". En la segunda meditación, expone cómo la conciencia debe reconocer como imposible que ella misma, sin embargo, no exista (con lo cual, según Descartes, permite diferenciarla del cuerpo). En la tercera meditación, explica extensamente "el principal argumento del que me sirvo para probar la existencia de Dios". En la cuarta, quedaría probado, según Descartes, "que todas las cosas que conocemos muy clara y distintamente son verdaderas". En la quinta meditación, explica la naturaleza corpórea en general y vuelve a demostrar la existencia de Dios con nuevas razones. Por último, en la sexta, distingue el acto del entendimiento del de la imaginación: "Muestro que el alma del hombre es realmente distinta del cuerpo, estando, sin embargo, tan estrechamente unida a él, que junto con él forma como una sola cosa". 

 En la comparación que Descartes hace en Principios de la Filosofía entre las diversas partes del saber y las de un árbol, la metafísica viene a realizar la misma función respecto al conjunto del saber que las raíces de un árbol respecto a éste. En este árbol, la física sería el tronco, el resto de las ciencias serían las diversas ramas; y las aplicaciones surgidas de las ciencias, los frutos. En esta comparación parece claro que se niega a la física la capacidad de autofundamentación, mientras que la metafísica trataría de aquello que hace posible el saber.


miércoles, 24 de febrero de 2021

La censura de la Iglesia católica a la obra de Descartes.


   En 1663 se incorporaron al Índice romano de la Iglesia católica numerosos escritos latinos de Descartes. La apertura de los archivos históricos de la Congregación romana para la doctrina de la fe ha permitido conocer el dossier secreto de la condenación y esclarecer los motivos y las circunstancias. En particular los informes detallados que motivaron su condenación. 

    Desde la Facultad de Teología de la Universidad de Lovaina se planteaban quejas sobre la lentitud de la Universidad para condenar las enseñanzas cartesianas. Esta Facultad envío un decreto a la congregación del Santo Oficio que inició el proceso verbal. Los dos censores nombrados para el proceso fueron Giovanni Agostino y Stefano Spinula, que someten a revisión las Meditationes metafísicas, el Discurso del Método, los Principios de Filosofía y las Pasiones del alma. El miércoles 10 de octubre de 1663, la Congregación del Santo Oficio, reunido en Roma, en presencia de cuatro cardenales, presenta la lectura de los dos censores sobre los libros de René Descartes. En dicha reunión se decidió condenar las cuatro obras bajo reserva de correcciones y transmite la sentencia de la Congregación del Índice, que extiende el 20 de noviembre la prohibición a otros escritos de Descartes. Esta condenación, de tercera clase, el grado más bajo de las condenaciones, no se extendía a toda la obra y significaba que la doctrina cartesiana podía ser enseñada, siempre que se corrigieran por el enseñante las tesis peligrosas contenidas. 

    Entre las tesis cartesianas criticadas por los censores estaba, según Spinula, el intento de Descartes de explicar el estado actual del mundo sin recurrir a la sustancia primera, en el mecanicismo de las pasiones y la posibilidad de conseguir un control absoluto de la razón sobre ellas. Tartaglia, por su parte, denuncia dos aspectos problemáticos: la libertad, singularmente la crítica cartesiana de la libertad de indiferencia, y su doctrina física de la eucaristía. Además cuestiona el concepto cartesiano de evidencia desde cuatro aspectos: la evidencia de la existencia de Dios, la sumisión de la evidencia de la verdad a la evidencia de la existencia de Dios, la fe divina y la evidencia problemática del cogito.

    En tiempos de Descartes las controversias teológicas planteaban una serie de grandes cuestiones filosóficas: natural y sobrenatural, gracia y libertad, carácter figurado y real del sacramento, creación o eternidad del mundo. Estas controversias se alejaban en ocasiones del texto (las Escrituras) para recurrir al juicio natural, a los argumentos de tipo lógico-gramatical. El cartesianismo enfrentó a esos debate a la prueba del nuevo método y de sus resultados en física. ¿Era posible edificar un corpus teológico a partir del cogito? La época moderna parecía proponer una antropología como previa a toda teología.

Uno de los puntos esenciales de estas controversias teológicas fue el dogma de la Transustanciación, consecuencia necesaria de la fe en la "presencia real" divina en la eucaristía, de la que se cuestionaría el aspecto sacrificial y el misterio. ¿Iba la nueva filosofía, sospechosa de ateísmo, a desmentir el dogma de la Transustanciación? "Mientras que Descartes intenta, públicamente al menos, respetar el dogma, sus discípulos darán a la explicación física el espacio que conviene a su nueva dignidad". La Eucaristía se colocó en el centro del esfuerzo religioso católico por detener los progresos de la Reforma. Y Descartes pretendió una explicación del misterio, del modo de la presencia de Cristo en la Eucaristía, por los principios de la filosofía.

 Fuentes:  

- J.R. Armogathe y V. Carraud, "La première condamnation des oeuvres de Descartes, d'après des documents inédits aux archives du Saint-Office", Nouvelles de la République des Lettres 2:103-137 (2001).

- J.R. Armogathe, Theologia cartesiana, Martinus Nijhoff, La Haye, 1977.

jueves, 18 de febrero de 2021

René Descartes: "Las pasiones del alma".

 

    "Las pasiones del alma" es la última obra publicada por Descartes en vida (1649). Según Descartes era en las pasiones donde "se juega la unión  entre el alma y el cuerpo", y que las pasiones sean las apropiadas a esa unión es la clave de "la dicha y la dulzura de vivir".En el estudio preliminar que J. A. Martínez realizó a la edición en Tecnos (1997) de este libro, señalaba que "laa ocasión para llevar a cabo esa más exacta y completa investigación sobre las pasiones, vino propiciada por una petición que le hiciera la joven Isabel de Bohemia, con quien había empezado a relacionarse a partir de 1642, intersada por la unión del alma y el cuerpo, a lo que Descartes respondía en una de sus cartas que el alma humana "estando unida al cuerpo, puede actuar y sufrir con él". 

    En su libro sobre las pasiones, Descartes estudia la naturaleza, el número y el orden de las pasiones, para pasar después a explicar tanto las primitivas o generales como las derivadas o particulares. En la pasión, como vivencia afectiva interna relacionada y manifiesta en una acción exterior, se produce la confluencia entre la res cogitans y la res extensa (lo que no anula la recíproca irreductibilidad entre ellas). Descartes explica las pasiones mediante leyes físicas y fisiológicas. Comienza explicando las funciones corporales (digestión, respiración, circulación sanguínea...) para pasar luego a analizr las funciones espirituales, que distingue en acciones (volilciones e imaginaciones del alma) y las pasiones (la percepción de tales voliciones y emociones intelectuales).

    Descartes señala seis pasiones primitivas: la admiración, el amor, el odio, el deseo, el gozo y la tristeza. Analiza tanto las repercusiones fisiológicas internas observables (cambios en el corazón y la sangre), como las causas fisiológicas internas y los efectos externos. Descartes explica que "mi propósito no ha sido explicar las pasiones como orador, ni tampoco como filósofo moral, sino solamente como físico", a semejanza de cómo las podía haber estudiado un médico.

    Durante el siglo XVII, el estatuto conferido a las pasiones dependía de las teorías que sobre la naturaleza humana sostenían, fundamentalmente, las corrientes neoestóica y jansenista. Descartes se sitúa entre ambas posiciones, e intenta "reintegrar a las pasiones al orden natural de las cosas". "Inicia, por tanto, Descartes su investigación sobre las pasiones por una descripción de la fisiología humana, para acabarla con una reflexión acerca de la moral; exponente claro de la situación intermedia y la función intermediaria que las pasiones tienen en el conjunto de la filosofía cartesiana, justificables por esa doble naturaleza suya, que resulta de la unión del alma y del cuerpo".

jueves, 28 de enero de 2021

Descartes: "El tratado del hombre"

    "Supongo que el cuerpo no es otra cosa que una estatua o máquina de tierra a la que Dios forma con el propósito de hacerla tan semejante a nosotros como sea posible, de modo que no sólo confiere al exterior de la misma el color y la forma de todos nuestros miembros, sino que también dispone en su interior todas las piezas requeridas para lograr que se mueva, coma, respire y, en resumen, imite todas las funciones que nos son propias, así como cuantas podemos imaginar que tienen su origen en la materia y sólo dependen de la disposición de los órganos.

    Conocemos relojes, fuentes artificiales, molinos y otras máquinas similares que aún habiendo sido realizadas por el hombre, tienen capacidad para moverse de modos diversos en virtud de sus propios medios, y me parece que no acertaría a imaginar tantas clases de movimientos en esta máquina que supongo que ha salido de la mano de Dios, ni tampoco alcanzaría a atribuirle tal artificio como para que alguien no tuviera motivo para pensar que aún pudiera ser superior".

René Descartes, Tratado del hombre, Alianza, 1990:22.


En 1664, Descartes publica su Tratado del hombre, un tratado que algunos autores consideran un capítulo de El Mundo o Tratado de la luz, y que sirvió para la difusión y aceptación de las teorías cartesianas, especialmente en el ámbito de la investigación médica. 

    Como señala Guillermo Quintás en su Introducción a este tratado, "la hipótesis del hombre-máquina viene a introducir un nuevo paradigma del ser en movimiento y mantiene la distinción entre el principio de movimiento corporal y el principio de pensamiento". Incorpora a su vez varias proposiciones básicas:

- Que un organismo no es sino el conjunto de sus partes.

- Que la naturaleza del organismo viene determinada por la de sus partes y la disposición de las mismas.

- Que tal organismo puede ser descompuesto y, por este medio, ser analizado.

- Que la comprensión de la actividad y propiedades de un organismo vivo puede ser alcanzada en principio cuando se accede al conocimiento de sus partes, de su disposición y de sus movimientos, que deben obedecer a ciertas reglas o leyes generales.

    En consecuencia, continúa Quintás, "no es preciso considerar principio vital alguno y basta con descubrir el proceso mecánico que es razón de ser de unos movimientos, tal y como se expone  en la analogía del mecanismo hidráulico".            Aunque lo anterior permitió emprender el estudio del cuerpo desde una perspectiva materialista, plantea la polémica sobre la posibilidad de afirmar la identidad entre máquinas y organismos (aunque podamos imaginar la posibilidad de construir artificialmente modelos que imiten la actividad y propiedades de los seres vivos). La idea del hombre-máquina también plantea el problema de acentuar la especificidad y espiritualidad de la res cogitans, del alma (y con ello la dificultad de poder establecer leyes para su conocimiento), frente a la materialidad y mortalidad del cuerpo (res extensa). Además, la imagen del hombre-máquina también ha tenido una lectura técnico-política, ligada al desarrollo de mecanismos de control y corrección del cuerpo que también se desplegaron durante la época moderna en instituciones de encierro como las militares, hospitalarias o escolares.

Descartes científico



"Consideraría que no sé nada de Física si tan sólo fuese capaz de expresar cómo deben ser las cosas, pero fuese incapaz de demostrar que no pueden ser de otra manera. No obstante, habiendo logrado reducir la Física a las Matemáticas, la demostración es entonces posible, y pienso que puedo realizarla con el reducido alcance de mi conocimiento."
                                                             René Descartes

    "Con estas palabras, René Descartes expresa el pensamiento que lo situaría entre los principales artífices de la revolución científica del siglo XVII. A las "formas" y las "cualidades" de la Física Aristotélica, que habían resultado ser un callejón sin salida, contraponía la "idea clara y fundamental" de que el mundo físico no es más que un puro mecanismo. En Geometría Analítica, Descartes creó una técnica que le permitía expresar las leyes de la Mecánica , que constituían las leyes últimas de la Naturaleza, mediante ecuaciones algebraicas. Y entonces propuso el programa ideal de toda ciencia teórica: construir, con un mínimo número de principios, un sistema que diese razón de todos los hechos conocidos y que permitiese descubrir hechos nuevos. Toda la Física Teórica subsiguiente se ha planteado como objetivo la consecución de este ideal. Podemos afirmar que, en el siglo XVII, Blaise Pascal e Isaac Newton lograron llevar a cabo el programa cartesiano, que consiste en ofrecer la explicación del mundo físico en función de su mecanismo.

    No podemos dudar del carácter revolucionario ni de la influencia de las ideas teóricas y del programa de Descartes. La paradoja es que ésta haya sido tan profunda en personas que consideraban su enfoque esencialmente inaceptable y que rechazaban algunos de sus presupuestos fundamentales y de sus conclusiones específicas. Christian Huygens, el gran matemático y astrónomo holandés, cuyo padre había sido amigo íntimo de Descartes, afirmó a finales de su vida que sólo podía aceptar una pequeña parte de la Física Cartesiana; pero, al mismo tiempo, reconocía que había sido la obra Los principios de Filosofía de Descartes, lo que inicialmente había abierto sus ojos a la ciencia. Él mismo dijo que Descartes no sólo ponía de manifiesto las limitaciones de la Filosofía de los antiguos , sino que, "en su lugar, ofrece causas comprensibles de todo lo que existe en la Naturaleza". Como suele ocurrir con frecuencia con las teorías revolucionarias, el legado de Descartes no fue sólo un logro, sino también una profecía y una visión.

    El propio Descartes se vio obligado a reconocer que su ideal matemático de la ciencia, puramente deductivo, había fracasado ante las complejidades de la Naturaleza y los enigmas de la materia. Este fracaso era especialmente evidente en Fisiología, el campo en el que se había aventurado con mayor osadía. No obstante, de su fracaso y compromiso Descartes extrajo otra contribución para el pensamiento científico, en muchos aspectos tanto o más importante que el propio programa teórico. Forzado a recurrir a la experiencia y a las hipótesis, demostró ser el primer gran maestro del modelo hipotético. Éste se ha convertido en una herramienta esencial en cualquier investigación científica. En sus modelos teóricos de los procesos fisiológicos, Descartes desplegó los más ingeniosos ejercicios de su ingenio imaginativo y experimental.
Podríamos describir a Descartes como a un científico centrífugo: su pensamiento emergió principalmente hacia afuera a partir de un punto teórico, central y firme, en contraste con pensadores como Francis Bacon e Isaac Newton, que partían de lo que veían para llegar a los principios que lo causaban.

    La dirección primaria y el movimiento que siguió la empresa filosófica y científica de Descartes se nos hace patente con toda claridad siguiendo el orden en que compuso en sus principales obras. Desde 1618 a 1628, los incansables años de su vida militar, de sus viajes y de disipación, elaboró su concepción de la ciencia verdadera y de su método para conocerla -un método muy racionalista-. Estas ideas se hallan expuestas en su primera obra, Reglas para la dirección del Espíritu, terminada en 1628, pero publicada póstumamente, y en el Discourse de la Méthode, que escribió después de establecerse en Holanda. Antes de completar este último comenzó a elaborar sus obras los Météors, la Dioptrique y la Géométrie, que presentaría como tres ejemplos concretos, ilustrativos del poder del método cuando se aplica a líneas de investigación específicas, y que publicaría, en 1637, como apéndices del Discourse. Entre tanto, en 1628, se había empezado a preocupar del nuevo estadio de sus investigaciones: el descubrimiento y establecimiento de los primeros principios. Estos se hallan expuestos en sus Meditaciones sobre la Filosofía Fundamental, publicada en 1641. A partir de estos principios estableció rápidamente la elaboración de su cosmología, que completó en 1633 en Le Monde, sin embargo se abstuvo de publicarla a raíz de las noticias de la condena de Galileo. En 1644 Descartes publicaría los Principia Philosophiae, una versión revisada, con su copernicanismo mitigado con la idea de que todo movimiento es relativo. Al mismo tiempo Descartes trabajaba en su concepción de la relación existente entre la mente y el mecanismo del cuerpo y, en su última obra, Pasiones del Alma (que completó en 1649), incluyó también la Psicología en los dominios de su sistema. Quizás el ejemplo más ilustrativo del poder de su método sea la Dioptrique. Como era característico en él, empieza enunciando lo que intenta resolver: el problema de la construcción de un telescopio, basándose en principios científicos racionales. De acuerdo con esta premisa, emprende ante todo un análisis de la naturaleza de la luz; el espacio está lleno de pequeños corpúsculos de materia, contiguos entre sí, formando una especie de "éter". La luz es un fenómeno mecánico, una presión instantánea que, procedente de una fuente luminosa, se transmite a través de este éter. Entonces Descartes nos ofrece una demostración geométrica muy elegante de las leyes de la reflexión y de la refracción. Algunos años antes el físico holandés Willebrord Snell había establecido ya la ley de los senos -es decir, la ley correcta de la refracción-, pero no la había publicado. La demostración de Descartes de lo que hoy se conoce como la ley de Snell, fue casi seguramente independiente. Además fue el primero en publicarla.

    Y puesto que la finalidad de un telescopio es aumentar el poder la visión, Descartes nos ofrece a continuación un análisis detallado del ojo humano tanto en su estado normal como en su estado patológico. Para ello, como muestra su correspondencia, realizó extensos estudios así como disecciones. Repitiendo un experimento que ya había realizado Christoph Schneider, separó la parte posterior de un ojo de buey y la remplazó por una fina película de papel blanco o por una cáscara de huevo, y examinó la imagen invertida producida por un objeto situado delante del ojo. Esta detallada investigación nos muestra un conocimiento anatómico considerable y una gran finura en la experimentación. Descartes describe el funcionamiento del iris, el músculo ciliar, la visión binocular, las ilusiones ópticas así como varias formas de coordinación y acomodación.

    Entonces se consideró en posición de demostrar científicamente cuales deberían ser las curvaturas de las lentes que eran precisas para construir un telescopio, una situación que no habían logrado ni Kepler ni Galileo. Concluyó que las secciones deberían ser hipérbolas o elipses. Naturalmente no contó con la aberración cromática, un problema que, por aquel entonces, era desconocido. Finalmente nos ofrece la descripción de una máquina diseñada para cortar lentes basándose en estos principios científicos. Gracias a una extensa correspondencia mantenida entre Descartes y un constructor de lentes francés, llamado Ferrier, sabemos que este desafortunado constructor intentó llevar a al práctica las ideas de Descartes y fracasó. De hecho, nunca se ha logrado construir ningún telescopio siguiendo los principios teóricos de Descartes.

    La estructura esencial y el contenido de la Física y de la Cosmología cartesiana    descansan en las conclusiones revolucionarias que estableció poco después de haberse retirado a Holanda, en el año 1628. Fundamentó la posibilidad y la certeza del conocimiento en el hecho mismo del pensamiento. Este hecho elemental, aprehendido con "claridad y distinción", se convirtió en su criterio para saber si algo era cierto o falso. Afirmaba que las "cualidades" de la Filosofía clásica, aprehendidas por la simple sensación, no eran ni claras ni distintas. Así pues eliminó del mundo exterior todo salvo la extensión -el único aspecto mensurable de las cosas y, por consiguiente, su propia naturaleza-. Esta división del mundo en dos ámbitos mutuamente excluyentes y conjuntamente exhaustivos, el del entendimiento y el de la extensión, permitió a Descartes ofrecer lo que para él constituía una ciencia verdadera de la naturaleza. Así la tarea de la ciencia consistía en deducir, a partir de estos primeros principios, las causas de todo lo que acontece, de la misma manera que las Matemáticas se deducen de sus premisas.

    Fue la misma amplitud del programa -que de hecho declara que la naturaleza física entera se puede reducir y ser comprendida por las leyes del movimiento- lo que confirió a Descartes su importancia científica revolucionaria. El propio Descartes dio explicaciones, en términos de los movimientos de partículas de formas y tamaños diversos, de las propiedades químicas y sus combinaciones, gusto y sabor, calor, magnetismo, luz, del funcionamiento del corazón y del sistema nervioso como fuente de acción del mecanismo del cuerpo humano, y de muchos otros fenómenos que investigó por medio de experimentos algunas veces realmente ingenuos. La amplitud del programa llevaba implícita su propia perdición. Descartes no dispuso de tiempo suficiente para poder abordar con suficiente rigor y de forma cuantitativa todas las cuestiones que se proponía. Procediendo, como proceden, de un programa que pretende matematizarlo todo, la Física y Cosmología de Descartes son casi totalmente cualitativas. Se vio forzado a recurrir a la especulación mucho más allá de lo que le permitía "el pequeño alcance de mi conocimiento", con lo cual consiguió lo que realmente temía; que lo que había producido, utilizando sus propias palabras, no fuese más que un bello "romance de la naturaleza".

    Su fracaso más desastroso tuvo lugar, de hecho, en el centro mismo de su programa, en las propias leyes del movimiento. Por medio de un proceso de análisis puramente racional, había llegado a la conclusión de que la propiedad esencial de la materia era su extensión espacial. Puesto que, a priori, se excluían otras posibilidades, no dejó ningún resquicio para la constatación empírica. Y entonces, a partir de esta base supuestamente sólida, procedió a construir un sistema de mecánica que dejaba fuera de todo análisis hechos importantes, especialmente aquellos que se hallaban involucrados en lo que llegaría a ser la noción newtoniana de "masa". Su mecánica contiene ciertamente algunas conclusiones valiosas como, por ejemplo, la que se refiere a la conservación del movimiento y su enunciado de un principio equivalente al de inercia. Sin embargo, cuerpos geométricamente idénticos, si tienen masas diferentes, no se comportan de forma idéntica cuando colisionan o interactúan de otras formas. El tratamiento que Descartes dio a este tema resultó ser desastrosamente incorrecto a causa de que todo su análisis precedente de la materia como mera extensión era erróneo en sí mismo.

    Además, Descartes trató de dar una explicación a los movimientos planetarios mediante su teoría de los vórtices, según la cual, la materia del "éter" formaba torbellinos (vórtices) alrededor del sol y las estrellas lo que mantenía el movimiento de los planetas. Lo más sorprendente es que Descartes no se preocupó en absoluto de comprobar si esta importante parte de su física se ajustaba o no a los hechos explicados por las leyes de Kepler del movimiento planetario. Newton trató la teoría de los vórtices como un problema serio de la dinámica de fluidos y la desmoronó completamente.

    Pero si pasamos de la Mecánica de Descartes a su Fisiología, podemos observarle en un ámbito de estudio en el que obtuvo resultados más dignos de él. Con razón podemos considerar a Descartes, junto a William Harvey, el fundador de la Fisiología moderna. Harvey fue un maestro del análisis experimental, pero fue Descartes quien introdujo la hipótesis primordial sobre la que se ha basado toda la Fisiología subsiguiente. Habiendo dividido el mundo en extensión y pensamiento, Descartes fue lo suficientemente hábil para considerar la Biología como una rama de la Mecánica y nada más. En términos más modernos, este punto de vista establece que los organismos vivos son, en última instancia, explicables en términos de la física y química de sus partes. En el hombre, según Descartes, el ámbito del pensamiento tiene su contacto con el cuerpo en un único punto: la glándula pineal del cerebro. Además Descartes dedicó mucho tiempo a las disecciones anatómicas e introdujo una de las herramientas más poderosas de toda la investigación fisiológica moderna: el modelo hipotético.

    En el área de las Matemáticas, la contribución más notable que hizo Descartes fue la sistematización de la Geometría Analítica. Fue el primer matemático que intentó clasificar las curvas conforme al tipo de ecuaciones que las producen. Fue también el responsable de la utilización de las últimas letras del abecedario para designar cantidades desconocidas y las primeras para las conocidas.

    Descartes, moviéndose centrífugamente desde sus principios centrales, logró apreciar la crítica de Pascal y Huygens y darse cuenta de que su ideal matemático de deducción rectilínea chocaba frontalmente con la dificultad de poner en contacto principios generales abstractos con hechos particulares. Con todo, en cuanto pensador científico positivo, quizás no fuese tan diferente de sus sucesores actuales. Su investigación abarca nada menos que las causas y el significado de todo lo que acontece".

 Fuente: http://thales.cica.es/rd/Recursos/rd97/Biografias/14-1-b-Descartes.html Revista Investigación y Ciencia. Edición especial: Grandes matemáticos. Prensa científica,SA

 Por otro lado, como señala Paul Strathern en "El sueño de Mendeléiev" (Siglo XXI, 2000), "al igual que Galileo, Descartes se preguntaba cómo funcionan las cosas, más que lo que son. Rehuía la segunda cuestión considerando la materia como algo que en última instancia consiste meramente en su longitud, anchura y altura. Se trata de la materia vista a través del prisma de la física (no de la química). (...)En un universo mecánico, lo que importaba eran las propiedades físicas y el comportamiento de la materia".