Mostrando entradas con la etiqueta Censura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Censura. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de febrero de 2021

La censura de la Iglesia católica a la obra de Descartes.


   En 1663 se incorporaron al Índice romano de la Iglesia católica numerosos escritos latinos de Descartes. La apertura de los archivos históricos de la Congregación romana para la doctrina de la fe ha permitido conocer el dossier secreto de la condenación y esclarecer los motivos y las circunstancias. En particular los informes detallados que motivaron su condenación. 

    Desde la Facultad de Teología de la Universidad de Lovaina se planteaban quejas sobre la lentitud de la Universidad para condenar las enseñanzas cartesianas. Esta Facultad envío un decreto a la congregación del Santo Oficio que inició el proceso verbal. Los dos censores nombrados para el proceso fueron Giovanni Agostino y Stefano Spinula, que someten a revisión las Meditationes metafísicas, el Discurso del Método, los Principios de Filosofía y las Pasiones del alma. El miércoles 10 de octubre de 1663, la Congregación del Santo Oficio, reunido en Roma, en presencia de cuatro cardenales, presenta la lectura de los dos censores sobre los libros de René Descartes. En dicha reunión se decidió condenar las cuatro obras bajo reserva de correcciones y transmite la sentencia de la Congregación del Índice, que extiende el 20 de noviembre la prohibición a otros escritos de Descartes. Esta condenación, de tercera clase, el grado más bajo de las condenaciones, no se extendía a toda la obra y significaba que la doctrina cartesiana podía ser enseñada, siempre que se corrigieran por el enseñante las tesis peligrosas contenidas. 

    Entre las tesis cartesianas criticadas por los censores estaba, según Spinula, el intento de Descartes de explicar el estado actual del mundo sin recurrir a la sustancia primera, en el mecanicismo de las pasiones y la posibilidad de conseguir un control absoluto de la razón sobre ellas. Tartaglia, por su parte, denuncia dos aspectos problemáticos: la libertad, singularmente la crítica cartesiana de la libertad de indiferencia, y su doctrina física de la eucaristía. Además cuestiona el concepto cartesiano de evidencia desde cuatro aspectos: la evidencia de la existencia de Dios, la sumisión de la evidencia de la verdad a la evidencia de la existencia de Dios, la fe divina y la evidencia problemática del cogito.

    En tiempos de Descartes las controversias teológicas planteaban una serie de grandes cuestiones filosóficas: natural y sobrenatural, gracia y libertad, carácter figurado y real del sacramento, creación o eternidad del mundo. Estas controversias se alejaban en ocasiones del texto (las Escrituras) para recurrir al juicio natural, a los argumentos de tipo lógico-gramatical. El cartesianismo enfrentó a esos debate a la prueba del nuevo método y de sus resultados en física. ¿Era posible edificar un corpus teológico a partir del cogito? La época moderna parecía proponer una antropología como previa a toda teología.

Uno de los puntos esenciales de estas controversias teológicas fue el dogma de la Transustanciación, consecuencia necesaria de la fe en la "presencia real" divina en la eucaristía, de la que se cuestionaría el aspecto sacrificial y el misterio. ¿Iba la nueva filosofía, sospechosa de ateísmo, a desmentir el dogma de la Transustanciación? "Mientras que Descartes intenta, públicamente al menos, respetar el dogma, sus discípulos darán a la explicación física el espacio que conviene a su nueva dignidad". La Eucaristía se colocó en el centro del esfuerzo religioso católico por detener los progresos de la Reforma. Y Descartes pretendió una explicación del misterio, del modo de la presencia de Cristo en la Eucaristía, por los principios de la filosofía.

 Fuentes:  

- J.R. Armogathe y V. Carraud, "La première condamnation des oeuvres de Descartes, d'après des documents inédits aux archives du Saint-Office", Nouvelles de la République des Lettres 2:103-137 (2001).

- J.R. Armogathe, Theologia cartesiana, Martinus Nijhoff, La Haye, 1977.

sábado, 7 de abril de 2018

Historia de una escalera: censura y teatro en la España de la dictadura franquista.

Historia de una escalera,  obra del dramaturgo Antonio Buero Vallejo, parece representar el fracaso colectivo de la sociedad española tras la Guerra Civil. Frente a los sueños individualistas de Fernando por ascender socialmente se contrapone el fracaso de la apuesta por la lucha colectiva. Los personajes parecen haberse dejado "vencer por la vida", repitiendo de forma cíclica, en varias generaciones, la misma impotencia y frustración. Sólo el amor, torcido al final por otros intereses, parecía ofrecer una salida, especialmente a las mujeres jóvenes, a esa insatisfacción y resignación. En un espacio interior y cerrado, que parece reflejar el inmovilismo de sus destinos, los personajes se asoman a la vida de los demás vecinos con cierta amargura.

La censura en el teatro de la España franquista.
       Los textos teatrales que se pretendieron representar durante la dictadura franquista debían pasar el filtro de la Junta de Censura de Obras Teatrales, un organismo que funcionó hasta 1978 (incluso durante los tres primeros años de la Transición). En muchas ocasiones la censura supuso "la desaparición de frases, la desvirtuación de diálogos y situaciones dramáticas, e incluso su prohibición total". También sufrieron la censura las obras de los autores del exilio (Max Aub, José Bergamín, León Felipe o Rafael Alberti),y autores extranjeros de signo claramente izquierdista (Bertolt Brecht, Jean Paul Sartre...). Hasta el 4 de marzo de 1978 no se recuperaría la libertad de expresión en los escenarios españoles (tras cuatro décadas de censura). Ese día entró en vigor el Real Decreto 262/1978.
    La censura condicionó la escritura dramática durante la dictadura franquista, llegando incluso a convertirse en el tema central, y de denuncia, de algunas obras teatrales, como sucedió con La mordaza, de Alfonso Sastre, en los años 50, o con Matrimonio de un autor teatral con la Junta de Censura, de Jesús Campos, en los 70.

Impresos-modelo para la labor del censor teatral. Hasta 1963 estos impresos apenas variaron, y los apartados de que constaban son:

- “Breve exposición del argumento”
- “Tesis” (en el que debían comentar el supuesto mensaje de la obra en cuestión)
- “Valor puramente literario” y “Valor teatral”
- “Matiz político”
- “Matiz religioso”
- “Juicio general que merece al Censor”. Seguidamente, debían detallar las páginas en las que se realizarían “Tachaduras” y “Correcciones”, además de responder a cuestiones como: “¿Se juzga tolerable o recomendable para menores?”; “¿Qué modificaciones cabría introducir para autorizar, en su caso, la representación, en el supuesto de que la obra acusase deficiencias: de tipo político, social o moral, siempre que su valor literario lo aconseje?”, y “¿En qué lugares de la obra y en qué sentido habrían de introducirse esas modificaciones?”.
- “Otras observaciones del Censor”.
- Fecha y la firma del censor.

Sobre la censura de "Historia de una escalera". 

 Las primeras obras de Antonio Buero Vallejo, que inauguraban la corriente del realismo social en el teatro de posguerra, pasaron prácticamente inadvertidas a las tijeras censoras.

Expediente de censura de "Historia de una escalera" (11/10/1949).  Historia de una escalera fue autorizada para mayores de 16 años, con tres cortes (en las páginas 32 del Acto I, 18 del Acto II y 28 del Acto III) y dos modificaciones (página 18 del Acto II y 28 del Acto III). Los censores fueron: un vocal eclesiástico, Fray Mauricio de Begoña; Gumersindo Montes Agudo, falangista, crítico cinematogŕafico de la revista Juventud y sacerdote; y Emilio Morales de Acevedo (1888-1959), censor y crítico teatral en El Alcázar y Marca.

Historia de una escalera fue considerada como “un bello y sutil sainete para minorías selectas”, y de ella se dijo que era “expositiva sin mantener tesis alguna”; sin “fuerza polémica” en su planteamiento político, y “sin tacha” en lo moral. La obra se autorizó con algunos cortes y modificaciones puntuales (como la frase “Más vale ser un triste obrero que un señorito inútil”, en la que se obligó a sustituir “señorito” por “soñador”), y con algún comentario adverso -se la tildó de “pesimista”-, pues su presentación de aquella escalera de vecindad se alejaba en gran medida del vacuo triunfalismo del régimen. Sin embargo, como es sabido, la obra se estrenó en el Teatro Español (1949), entonces de titularidad estatal. El crítico teatral y censor Emilio Morales de Acevedo calificó su valor literario de “muy estimable” y añadió: “Es prodigio de observación y de verdad que lleva al autor a no querer prescindir de adjetivos vulgares para dar fuerza y color a la obra”. También Gumersindo Montes Agudo encontró cualidades estimables en la pieza: “valentía en el enfoque escénico, sinceridad en el perfil de los personajes, nobleza de tema, pulcritud en el trazado moral, intento de rasgar ciertos patrones escénicos, perfecta ambientación”. De esta forma el texto superó la censura y se estrenó en el Español en 1949.
Buero Vallejo situó los dos primeros actos de su obra en 1919 y 1929, y el tercero en 1949, eludiendo tratar el conflictivo año de 1939, y en consecuencia, la guerra civil, tema
 tabú por excelencia.

Debate sobre la censura: posibilistas contra intransigentes.
      En 1960, Alfonso Sastre y Antonio Buero Vallejo mantuvieron una polémica pública sobre el posibilismo teatral, en la que defendieron distintas opciones teóricas en tomo a la actitud que debían adoptar los creadores ante la censura de la dictadura. Sastre invitaba a los autores a escribir como si la censura no existiera, puesto que la arbitrariedad con que esta actuaba impedía saber de antemano qué obras eran imposibles. En su respuesta, Buero Vallejo matizaba su idea del posibilismo: "Cuando yo critico el imposibilismo y recomiendo la posibilitación, no predico acomodaciones; propugno la necesidad de un teatro difícil y resuelto a expresarse con la mayor holgura, pero que no sólo debe escribirse, sino estrenarse. Un teatro, pues, "en situación", lo más arriesgado posible, pero no temerario". Además, Buero negaba la posibilidad de escribir con absoluta libertad interior en el contexto histórico en el que a ambos les había tocado vivir y evidenciaba la contradicción entre los postulados teóricos de Sastre y la cautela con que había escrito La mordaza, precisamente para evitar que la censura la prohibiera.
        Sastre respondió reconociendo un cierto posibilismo en la escritura de La mordaza, "una obra que intentó ser posible después de tres obras prohibidas", si bien explicaba esta contradicción como momento de una evolución a lo largo de su trayectoria: su radicalización, afirmaría posteriormente, se produjo como respuesta a la violencia que continuamente recibían, él y sus compañeros, por parte del régimen.
       Las posturas teóricas de ambos autores se correspondían con trayectorias profesionales muy distintas: Buero Vallejo no solo estrenó casi la totalidad de sus obras escritas durante la dictadura, sino que sus estrenos generalmente se produjeron en mejores condiciones y obtuvieron mayor éxito de público. E n 1975, otro dramaturgo, Femando Arrabal, también polemizó con BueroVallejo por esta cuestión: "Por cierto que la polémica sobre el posibilismo mantenida entre Alfonso Sastre y Buero Vallejo toma todo su valor en estos momentos en que el primero está encerrado en la cárcel de Carabanchel y el segundo, académico de la Real Academia de Madrid, acepta los premios más famosos de la España de Franco". El duro comentario de Arrabal no hacía sino explicitar la opinión de una parte de la oposición antifi-anquista ante el posibilismo bueriano. El propio Alfonso Sastre, muchos años después, afirmaba: "Yo pienso que la equivocación de Buero Vallejo consistía en que, al ejercer su trabajo desde el punto de vista posibilista, se adaptó al sistema. Y adaptándose al sistema, no contribuyó demasiado a romperlo. [...] Y, por otro lado, la posición mía, más radical, tampoco es un gran triunfo porque ese radicalismo de mis posiciones me llevó a la inoperancia, a que mis obras no se estrenaran. Con lo cual tampoco contribuí grandemente a la libertad".

No obstante, a pesar de la polémica, ese mismo año ambos autores firmarían en el Manifiesto contra la censura que en 1960 presentaron más de 300 escritores, intelectuales y artistas. En este Manifiesto se recogían las siguientes exigencias:

1º. La urgente necesidad de una regulación de la materia con las debidas garantías jurídicas, estableciendo claramente el derecho de recurso.
2º. La necesidad, en cualquier caso, de que los funcionarios encargados de aplicar dicha regulación posean una personalidad pública, ya que el anonimato desde el que vienen ejerciendo sus funciones los censores es motivo de las mayores arbitrariedades.

Tampoco Buero escaparía por completo de la censura, pues se le prohibió Aventura en lo gris y se le retuvo durante once años La doble historia del doctor Valmy, donde afrontaba el nada cauteloso tema de la tortura a presos políticos. 

 Analiza algunos de los párrafos censurados.

               Acto I:

Fernando.—[...] Y vosotros os metéis en el sindicato porque no tenéis arranque para subir solos. Pero ese camino no es para mí [...].
Pág. 17: Fernando.—[Veremos entonces quién ha llegado más lejos;] si tú con tu sindicato o yo con mis proyectos.
Pág. 23: Paca.—[¿Y quién te mantiene?] ¡Zorra, más que zorra! (Corrección propuesta: “¡Pingo, más que pingo!”).


Acto III
Pág. 28: Fernando.—Sí, como tú. También tú ibas a llegar muy lejos con el sindicato y la solidaridad
[...]
     Urbano.—¡Sí, hasta para vosotros; los cobardes que nos habéis fallado! (Corrección propuesta: “¡Sí, hasta para ti!”. Buero, sin embargo, lo corrigió de forma distinta, pero su corrección fue aprobada).
Fuentes:
Berta Muñoz Cáliz, "Censurado por el franquismo", El Cultural, 30/03/2006.
Berta Muñoz Cáliz, "A vueltas con el posibilismo teatral".
 También en http://www.bertamuñoz.es/teatrocensura.html


Cuestiones: 
- ¿En qué consistió la postura posibilista y cuál la "intransigente" en el debate sobre la censura en el teatro de la España franquista? ¿Cuál crees que era la postura más acertada? ¿Qué es más importante, "la comunicación con el público" o la "libertad de creación o expresión"? 
- ¿Qué ideas se debaten en los fragmentos censurados de la obra? ¿Cuáles serían los motivos políticos, morales o religiosos que pudieron motivar estas tachaduras o correcciones?

jueves, 28 de abril de 2016

La muerte de Ortega y la censura franquista (18 de octubre de 1955)

Noticia del entierro de Ortega y Gasset.
El impacto de la censura franquista sobre el campo filósofico fue muy importante, especialmente fuera del cerrado marco de las elites académicas. Esto impidió la posibilidad de crear un espacio público de debate,  el acercamiento a un amplio público de lectores con el que construir un campo intelectual autónomo respecto al político y económico. Muchos libros de filosofía fueron “depurados”, destruidos o convertidos en obras “reservadas” que sólo se podrían poner “en manos de lectores de reconocida capacidad”, “y sólo cuando se justificara "plenamente la utilidad o necesidad científica de la consulta”.
 Ya en plena guerra civil, el 16 de enero de 1937, el bando franquista dictaba “órdenes encaminadas a sustituir la destrucción indiscriminada de libros por la creación de secciones de reservados y prohibidos”. Para aplicar esta normativa, y evitar así los excesos purificadores de los episodios de quema de libros que se habían producido, se crearon las Comisiones Depuradoras de bibliotecas. En el BOE del 17 de setiembre de 1937 se establecía la creación de una lista de todos los centros de lectura y de una Comisión depuradora. Se ordenaba que “las obras pornográficas y de propaganda revolucionaria” debían ser destruidas, y “aquellos de mérito literario o científico que tengan contenido ideológico nocivo”, serían guardados “en lugar no visible ni de fácil acceso al público, salvo autorización”. Así se legalizó la destrucción, incautación y retirada de muchos libros de bibliotecas escolares, populares, públicas y particulares. Así, por ejemplo, al finalizar la guerra, se retiraron de la biblioteca del Ateneo hispalense, trescientos ochenta y un libros que se depositaron en la Biblioteca Universitaria, en una zona apartada (en la que se mantuvieron hasta 1993), entre ellos, obras de Comte, Engels, Kierkegaard, Krause, Lenin, Maquiavelo, Marx, Nietzsche, Proudhon, Rousseau, etc. (Vid. J. L. Rubio Mayoral “La depuración de lacultura popular. La Universidad y el Ateneo de Sevilla en la censura de librosdurante la guerra civil” Represura, nº 5, junio 2008).
De esta manera se expresaba el Jefe del Servicio Nacional de Archivos, Bibliotecas y Propiedad Intelectual, creado por la dictadura en 1938:
  “Se acerca la hora en que toda la literatura tendrá que estudiarse desde los puntos de vista señalados y en que el uso del libro tendrá, por razones de higiene física, mental y social, que reglamentarse y someterse a receta. Las bibliotecas, como las farmacias, podrán tener obras equiparables por sus efectos a los venenos, como el pantapón, la morfina y el sublimado, pero que serán de lectura recomendable para la formación de cierto tipo de hombres. Así como no está permitido que los enfermos entren en las farmacias y se sirvan directamente y sin ninguna intervención el medicamento que se les antoje y en las dosis en que se les ocurra, así tampoco podrá haber biblioteca sin bibliotecarios expertos que sepan guiar a los lectores y asuman la formidable responsabilidad social y religiosa de su cargo”. (A. Alted Vigil, Política del nuevo estado sobre el patrimonio cultural y la educación durante la guerra civil española, Ministerio de Cultura, 1984, p. 55).
 Existía, además de la oficial, una censura eclesiástica, establecida básicamente a partir de las normas establecidas en el Índice romano”. En el Índice de Roma de 1949 estaban incluidas la obras de Descartes, Kant (Crítica de la Razón Pura), Pascal (Pensamientos) y Bergson. J. P. Sartre se incorporaría en 1948 y Miguel de Unamuno en 1957. Conviene recordar que el Índice no sería suprimido hasta 1966. Además, el  convenio con la Santa Sede del 7 de junio de 1941, hacía vigentes los cuatro primeros artículos del concordato de 1851, según los cuales el Estado debía dispensar apoyo a los obispos para impedir la publicación o difusión de aquellas obras que hicieran peligrar la fe o las buenas costumbres


La muerte de Ortega, el 18 de octubre de 1955, supuso un gran impacto en el seno del campo filosófico, aunque la censura franquista ordenó que en las noticias sobre su muerte se informara de sus errores en materia religiosa, que no se publicaran fotografías y que se redujeran a tres, como máximo, los artículos sobre el filósofo. Las publicaciones que no acataron las consignas oficiales fueron penalizadas: la revista Ínsula fue suspendida entre febrero y diciembre de 1956 por excederse en el número de páginas autorizadas para un número monográfico dedicado a Ortega y Gasset (nº 119, noviembre 1955). Lo mismo le ocurrió a la revista Índice, aunque le fue levantada la suspensión tras tres meses (por las buenas relaciones de su director, falangista disidente).

También, incluso muerto, sufriría Ortega la presión integrista católica. Al parecer hubo intentos de incluir la obra de Ortega en el Índice de Libros Prohibidos de la Iglesia católica. El asunto no llegó tan lejos, pero el 12 de julio de 1961 el Santo Oficio decretó la prohibición de la lectura de las obras de Ortega en los seminarios y escuelas de religiosos. Miguel de Unamuno no tendría esa "clemencia", y dos años después de la muerte de Ortega, en 1957, se incluyeron dos de sus libros (Del sentimiento trágico de la vida y Agonía del cristianismo) en el «Índice".
Otros intentaron convertirlo en uno más de los filósofos “conversos” que tanta reafirmación parecía producir en algunos sectores integristas católicos. La prensa del régimen, en su larga disputa con el laicismo del viejo maestro, ya se hizo eco de la supuesta conversión: en La Vanguardia Española (miércoles 19 octubre de 1955), Luis de Galinsoga comentaba: “Las informaciones periodísticas nos cuentan hoy los atributos religiosos que rodean el cuerpo yacente del filósofo que antes de morir hizo confesión.  Y adulando al dictador, el periodista  señalaba:
Cuando a lo largo de la enfermedad que ha llevado al sepulcro a don José Ortega y Gasset, el Generalísimo Franco se interesaba casi a diario por el estado del egregio español, nos daba una vez más Su Excelencia la pauta de conducta y de posición ante el caso. Cómo iba a ignorar el Jefe del Estado los antecedentes del gran pensador en materia política, especialmente aquellos que, como un paréntesis aciago y por ventura fugaz, nos presentaron a Ortega esclavo de una pasión y casi de un sectarismo totalmente incompatibles con su alto señorío intelectual?(...) Ortega padeció una verdadera intoxicación espiritual en aquellos meses de funesta recordación, al influir con su pensamiento prodigioso y con su palabra deslumbrante en los destinos políticos de la España de 1931. (Esto último hacía referencia a su papel como diputado de las Cortes Constituyentes de la Segunda República, entre 1931 y 1932,  en calidad de representante de la Agrupación al Servicio de la República, fundada en febrero de 1931 por Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala y él mismo).
Una información del diario Ya, con cierto aire de vengativo triunfo frente al moribundo filósofo, titulaba: «Ortega y Gasset se reconcilia con la Iglesia»:
 El estado de salud de don José Ortega y Gasset decayó algo el sábado pasado, pero el domingo a mediodía volvió a experimentar, dentro siempre de la persistente alarmante gravedad, una ligera mejoría. Con todo, ayer por la tarde la gravedad se acentuó y el ilustre paciente, al que rodeaban su esposa e hijos y contados discípulos y amigos, mostró deseos de reconciliarse con la Iglesia y, según nuestras noticias, se confesó con el padre Félix García(...). En dicha noche, ante la agravación del enfermo, la familia llamó al padre Félix, amigo de la casa. Al conocer don José Ortega y Gasset la presencia en su domicilio del sacerdote, pidió que le pasaran a la habitación y le invitó a que se sentase junto al lecho. Conversaron un momento y, por expresa voluntad del enfermo, el padre Félix pronunció las palabras: propias del momento. Don José besó el crucifijo que le tendía el sacerdote. 

martes, 29 de marzo de 2016

La recepción de Nietzsche en la España franquista


En España, la recepción de Nietzsche fue un fenómeno literario y cultural (como refleja el interés de autores de la generación del 98, como Azorín), destacando la figura de Miguel de Unamuno.
Tras la Guerra Civil y hasta la derrota alemana en la II Guerra Mundial, existieron algunas traducciones de las obras de Nietzsche, pero con el creciente nacionalcatolicismo del régimen franquista la censura impediría posteriormente  su difusión y estudio. La conmemoración del primer aniversario del nacimiento del filósofo, en 1944, su revitalización a través de artículos como el que Azorín publica en Arriba de 1941 (Nietzsche en España) provocaron la reacción del sector católico. Azorín afirmaba en su artículo: “El partido que aspire a levantar a España, tendrá que fundar su política en la filosofía de Nietzsche” (G. Sobejano, 1967). 
El jesuita Quintín Pérez, ante el temor de una nueva ola nietzscheana, publica en 1943 un libro, así como varios artículos en revistas como Razón y Fe, Escorial o Revista de Filosofía, en los que denunciaba las ideas no ortodoxas del pensador alemán, y lo consideraba "un acalorado y peligroso seductor de conciencias". Según el jesuita Pérez, urgía "prevenir a la juventud hispanoamericana contra la seductora candidez de ese niño blasfemo;  urge dar a los que no deben leerle alguna idea de él, a los que de todos modos han de leerle, un contraveneno, y a los que por necesidad tengan que leerle, una guía". (Vid. G. Sobejano, Nietzsche en España, Gredos, 2004).
 Nietzsche -afirmaba Quintín Pérez- se califica en filosofía de extravagante; en teología, de indocumentado; en religión, de fríamente blasfemo (Quintín Pérez, “La perversión de un talento”, Revista de Filosofía, nº 4 (1943), págs. 107-123)
La obra de Nietzsche entró en nuestro país en un silencio de veinte años.
Durante el franquismo se produjo una ruptura, respecto al periodo democrático republicano, con la labor de traducción, interpretación y comentario de gran parte de la filosofía moderna contemporánea. En el caso de Kant, por ejemplo, hasta 1969 solamente “se reeditan algunas traducciones hechas ya antes de la guerra y se importan traducciones, pero se producen muy pocas, apenas hay actividad en torno a sus obras fundamentales. Y apenas se produce tampoco bibliografía secundaria” (Ibón Uribarri Zenekorta, “Filosofía, traducción y censura” en Represura, nº 6, marzo 2009). El filósofo español  Javier Sádaba recordaba cómo, en su etapa en la Universidad jesuita de Comillas (Santander), tuvo que pedir permiso para leer a Kant: “Y es que Kant, como tantos otros, estaba en el Índice de los libros prohibidos por la Iglesia católica" (J. Sádaba, Dios y sus máscaras. Autobiografía en tres décadas, Temas de Hoy, Madrid, 1993, p. 128) .

.
En los años 70, autores como Fernando Savater o Eugenio Trías representaron el resurgimiento en nuestro país del interés por el pensamiento nietzscheano (En favor de Nietzsche, 1973). Como ha señalado Manuel Cruz (El País, 20 mayo 2000), en esta recuperación, "no interesaba el Nietzsche definidor de la moral señorial o el excitador de la voluntad. Menos aún, por descontado, el Nietzsche que jugaba con palabras que, por decirlo con la expresión de Olivier Reboul, no son inocentes, palabras como señor, esclavo, raza, jerarquía, adiestramiento y selección. Interesaba el Nietzsche de la afirmación del eterno retorno, el crítico de la razón, de la religión y la cultura moderna, sin olvidar al poeta, al experimentador del instante, al redescubridor del azar o al defensor ferviente de la necesidad de aceptar sin sentimiento de culpa el devenir".
  
Cuestiones:
- Lee el artículo de Ibón Uribarri y señala el papel de la censura franquista en la recepción y traducción de algunas corrientes filosóficas en España. 
- Señala algunas de las influencias del pensamiento nietzscheano en los autores de la generación del 98.

sábado, 3 de marzo de 2012

Kant y la censura prusiana

    Los problemas de Kant con la censura apareceron primero con la aparición de la Crítica, con prohibiciones de enseñarla en varias universidades alemanas, sobre todo en el sur de Alemania y en Austria; más tarde, tuvo un serio problema ya en el apogeo de su fama cuando intentó publicar una serie de artículos sobre la religión a partir de 1790. El nuevo ministro de cultura había impulsado dos decretos de censura muy restrictivos, en un contexto marcado por la situación revolucionaria en Francia. El segundo artículo de la serie sobre la religión se topó con una prohibición, que disgustó mucho a Kant, por lo que reunió cuatro artículos sobre el tema y los publicó como libro (La religión dentro de los límites de la mera razón, 1792) usando subterfugios para burlar a la censura. Y posteriormente escribió más artículos de temática similar a favor de un cristianismo más liberal, con claros toques secularizadores. Como reacción al último artículo de este tipo, “El fin de todas las cosas”, le llegó una prohibición para enseñar o publicar sobre temas de religión firmado por el mismísimo kaiser Federico Guillermo II. El enfado de Kant fue enorme y siguió escribiendo borradores sobre esos temas; de tal manera que cuando el rey murió en 1798, Kant consideró que la prohibición de publicar sobre temas religiosos había expirado con su muerte y publicó inmediatamente otro libro cuya última parte tocaba directamente el tema religioso, El conflicto de las facultades

En octubre de 1794 Kant recibió una orden, refrendada por el ministro Wöllner, en la que se decía:
La más alta personalidad del Estado ha visto, desde hace mucho tiempo, con gran desagrado, el mal uso que hacéis de vuestra filosofía, desfigurando y menospreciando algunas doctrinas fundamentales de las Sagradas Escrituras y del Cristianismo, como lo habéis hecho principalmente en vuestra obra Religion innerhalb er Grenzen der blossen Vernunft ("La Religión en los límites de la razón pura"), y en otros folletos. No dudamos que vos mismo comprenderéis que de este modo procedéis impunemente contra vuestro deber, como maestro de la juventud, y contra nuestros paternales deseos. Apelamos al testimonio de vuestra conciencia y esperamos que en adelante evitaréis nuestro desagrado, y que, en cumplimiento de vuestro deber, pondréis vuestro prestigio y vuestros talentos al servicio de los altos intereses de la patria, como es nuestro paternal deseo. En caso contrario, nos veríamos precisados inevitablemente a adoptar medidas desagradables.