
En la segunda meditación de las Meditaciones metafísicas, titulada "De la naturaleza del espíritu humano; y que es más fácil de conocer que el cuerpo", Descartes demuestra, recurriendo al ejemplo de la cera, que las únicas
realidades esenciales de un cuerpo particular son la magnitud, la figura
y la situación, en detrimento del olor, color, sabor, sonido, etc. Por
tanto, la percepción de los objetos no se realiza a través de los
“sentidos externos”, ni tampoco de la imaginación (puesto que, siendo
infinitos los cambios a los que pueden estar sometidos los cuerpos,
también ésta habría de ser infinita para poder abarcarlos a todos), sino
solamente en virtud del entendimiento. Descartes demuestra igualmente el título de esta segunda meditación: el espíritu es más fácil de conocer que el cuerpo. Lo que yo conozco en mi examen del trozo de cera es mi entendimiento, antes que el objeto mismo. Yo conozco el hecho de mi pensamiento de ese trozo de cera, el cual me permite conocer mi espíritu y sus atributos.De los atributos del mundo material, Descartes encuentra "que no se dan en ellas (las ideas de las cosas materiales) sino poquísimas cosas que yo conciba clara y distintamente, y son, a saber: la magnitud, o sea extensión en longitud, anchura y profundidad; la figura que resulta de los cuerpos, con diferentes figuras, mantienen entre sí; y el movimiento o cambio de esta situación, pudiendo añadirse la sustancia, la duración y el número". La física cartesiana no requiere, por tanto, más que dos elementos: la materia y el movimiento. Frente a la objetividad de estas cualidades primarias, las cualidades secundarias son percibidas como subjetivas: "En cuanto a las demás cosas, luz, colores, sonidos, olores, sabores, calor, frío y otras cualidades que caen bajo el tacto, hállanse en mi pensamiento tan oscuras y confusas, que hasta ignoro si son verdaderas o falsas".
Para Descartes sólo existe lo matematizable (figura, tamaño y movimiento), las llamadas cualidades primarias. Las restantes cualidades quedan reducidas al ámbito de lo subjetivo. En consecuencia, las cosas naturales se reducen a masas puntuales moviéndose en el espacio euclídeo (infinito, isotópico y tridimensional). El ámbito de la causalidad se reduce a la causa eficiente, y ésta a la relación que relaciona dos variables.
Empecemos por la consideración de las cosas más comunes, y que
creemos comprender más distintamente, a saber, los cuerpos que tocamos y
vemos. No hablo aquí de los cuerpos en general, ya que esa nociones
generales son con frecuencia más confusas, sino de algún cuerpo en
particular. Tomemos, por ejemplo, este trozo de cera que acaba de ser
sacado de la colmena: todavía no ha perdido la dulzura de la miel que
contenía, todavía retiene algo del olor de las flores de las que se ha
recogido; su color, su figura, su tamaño, son manifiestos; es duro, está
frío, se puede tocar y, si lo golpeamos, producirá algún sonido. En
fin, todas las cosas que pueden distintamente permitirnos conocer un
cuerpo se encuentran en él. Pero he aquí que, mientras hablo, lo
acercamos al fuego: lo que quedaba de su sabor desaparece, el olor se
desvanece, su color cambia, pierde su figura, aumenta su tamaño, se
licúa, se calienta, apenas podemos tocarlo y, aunque lo golpeemos, no
producirá ningún sonido. ¿La misma cera permanece tras este cambio? Hay
que confesar que permanece y nadie lo puede negar. ¿Qué es, pues, lo que
se conocía de ese trozo de cera con tanta distinción? Ciertamente, no
puede ser nada de todo lo que he indicado por medio de los sentidos, ya
que todas las cosas que caían bajo el gusto, el olfato, la vista, el
tacto o el oído, han cambiado, y sin embargo la misma cera permanece.
Quizás era lo que pienso ahora, a saber, que la cera no era ni esa
dulzura de la miel, ni ese agradable olor de las flores, ni esa
blancura, ni esa figura, ni ese sonido, sino solamente un cuerpo que
antes me aparecía bajo esas formas y que ahora se hace notar bajo otras.
Pero ¿qué es lo que, propiamente hablando, imagino, cuando la concibo
de esta manera? Considerémoslo atentamente y, separando todas las cosas
que no pertenecen a la cera, veamos lo que queda. Ciertamente no queda
nada sino algo extenso, flexible y mutable. Ahora bien ¿qué es esto:
flexible y mutable? ¿No es que imagino que esta cera, siendo redonda, es
capaz de convertirse en cuadrada, y de pasar del cuadrado a una figura
triangular? No, ciertamente no es esto, ya que la concibo como capaz de
recibir una infinidad de cambios semejantes, y no podría recorrer esta
infinidad con mi imaginación y, en consecuencia, esta concepción que
tengo de la cera, no procede de la facultad de imaginar. ¿Qué es, ahora,
esa extensión? ¿No es también desconocida, puesto que en la cera que se
derrite, aumenta, y se hace aún más grande cuando está completamente
derretida, y mucho más aún a medida que aumenta el calor? Y no
concebiría claramente y según la verdad lo que es la cera, si no pensara
que es capaz de recibir más variedades según la extensión de las que yo
haya jamás imaginado. Tengo, pues, que estar de acuerdo, en que ni
siquiera podría concebir lo que es esta cera mediante la imaginación, y
que sólo mi entendimiento puede concebirlo; me refiero a este trozo de
cera en particular, ya que por lo que respecta a la cera en general es
aún más evidente. Ahora bien ¿qué es esta cera que sólo puede ser
comprendida por el entendimiento o la mente? Ciertamente es la misma que
veo, que toco, que imagino, y la misma que conocía desde el principio. Pero lo que hay que recalcar es que su percepción, o bien la acción por
la que se la percibe, no es una visión, ni un contacto, ni una
imaginación, y que nunca lo ha sido, aunque lo pareciera así
anteriormente, sino solamente una inspección de la mente, que puede ser
imperfecta y confusa, como lo era antes, o bien clara y distinta, como
lo es ahora, según que mi atención se dirija más o menos a las cosas que
están en ella y de las que ella está compuesta.
No obstante, no podría sorprenderme demasiado al considerar cuanta
debilidad hay en mi mente, ni de la inclinación que la lleva
insensiblemente al error. Ya que, aunque en silencio, considero todo
esto en mí mismo, las palabras, no obstante, me confunden, y me veo casi
engañado por los términos del lenguaje ordinario: pues decimos que
"vemos" la misma cera, si se nos la presenta, y no que "juzgamos" que es
la misma, que tiene el mismo color y la misma figura; de donde casi
concluiría que conocemos la cera por la visión de los ojos, y no por la
sola inspección de la mente, si no fuera que, por azar, veo desde la
ventana hombres que pasan por la calle, a la vista de los cuales no dejo
de decir que veo hombres, al igual que digo que veo la cera; y sin
embargo ¿qué veo desde esta ventana sino sombreros y capas, que pueden
cubrir espectros o imitaciones de hombres que se mueven mediante
resortes? Pero juzgo que son verdaderos hombres, y así comprendo, por el
solo poder de juzgar que reside en mi mente, lo que creía ver con mis
ojos.
(...)Pero en fin, heme aquí insensiblemente vuelto a donde quería; ya que,
puesto que hay una cosa que me es ahora conocida: que propiamente
hablando no concebimos los cuerpos más que por la facultad de entender
que está en nosotros, y no por la imaginación ni por los sentidos, y que
no los conocemos porque los veamos, o porque les toquemos, sino solo
porque los concebimos por el pensamiento, conozco evidentemente que no
hay nada que me sea más fácil de conocer que mi mente. Pero, como es
casi imposible deshacerse rápidamente de una antigua opinión, será bueno
que me detenga un poco en ello, a fin de que, prolongando mi
meditación, se imprima más profundamente en mi memoria este nuevo
conocimiento.
René Descartes, Meditaciones metafísicas, Segunda meditación (Webdianoia).